Cuando nos sentábamos juntos una ráfaga de viento se despertaba en algún rincón y venía hasta nosotros alborotándonos el pelo. Pero había algo más, algo extraño. Su belleza reclamaba el viento que acababa jugando con mi falda de domingo, esa falda tan delicada como yo.Después de mucho tiempo pensando en ello me di cuenta de que sólo yo era consciente de este romance que teníamos. Tal vez fuera un secreto que él sólo me permitía conocer a mí, pero extraño ver cómo sucedía. De pronto, un silbido me arañaba el oído y el vello de las piernas se me erizaba hasta llegar el cielo. Yo me ponía nerviosa pero él seguía sonriendo de esa forma tan suya, tan vital. Se peinaba bien el pelo, me cogía de la mano. Era algo inusualmente cálido y amable que me ruborizaba las entrañas. Luego sucedía. La brisa se levantaba y corría, quién sabe cuántos kilómetros hasta llegar donde estuviéramos, arriba en el cielo o tirados en los rosales. Al principio era agradable y reíamos tratando de recomponer nuestros peinados. Luego el viento dejaba de soplar en mi dirección y se reunía sólo con él. Lo bueno siempre se deja para el final ¿no? Y él era tan bello y tan cálido que sometía a la atmósfera y todos sus fenómenos. Yo los espiaba quieta desde el banco o desde la barandilla y juntaba mis brazos sintiendo frío. Porque él seguía riendo y bailando al son de la ventisca. El mundo giraba para él y él giraba entorno a él. Algo fallaba siempre en la escena. Alguien.
Un día dejó de soplar el viento. Él se apagó. Supongo que todos los romances acaban rompiéndose, por naturales que sean.
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