Los culos de cerveza de un último trago que no quieres dar para no tener que irte a casa, dos filas puestas en el baño esperando un suspiro camino de la intranquilidad, la taquicardia de los pulmones cada vez que alguien pregunta por el aire fresco, y sueños, sueños tan muertos que mejor ni recordar cada mañana que toca levantarse.
Pudimos hacer algo grande pero nos dejamos ganar.
Nos autoexpulsamos de la partida, nos autojustificamos por ello, y nos automatizamos no fuera a ser que los espejos vinieran a recordarnos ciertas promesas.
En esas estamos, cansados de tanto aferrarnos a la moneda que sigue dando vueltas en el aire,pensando que quizá algún día las cosas cambien pero sin darnos cuenta de que nosotros ya no vamos a cambiar por ello.
Seguimos con los mismos argumentos pero esta historia no es nuestra y entendemos, ahora, que nunca lo ha sido.
Pudimos hacer algo grande pero tiramos por el camino sencillo de la borrachera, nos quisimos disfrazar de ombligo y lo hicimos: nos comimos lo que nos pusieron en la mesa y nos olvidamos de que el éxito, simplemente, era respirar y seguir vivo.
Dijimos "para qué hablar de trincheras si no vamos a luchar"

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