martes, 10 de mayo de 2011
Sólo era otro chico más, medio perdido y algo drogado un viernes por la noche. Y no tenía idea de cuánto me podía importar todo aquello. Era mi música, y mi musa. Ella al pie del escenario esperando que la noche acabara cuanto antes para poder echarme en cara que nunca estaba donde debía estar. Y creo que jamás deseé con tanta fuerza que la música no se detuviera. Pero es que no tenía ganas de nada, aunque creyera que estaba loco por ella. Todo me daba absolutamente igual, como cuando pierdes el rumbo y tienes un largo camino que hacer. Me sentía aturdido, y mi única fuerza era mi voz, pero la canción se acabaría y tenía que enfrentarme a ella. Bajé la vista y en sus ojos vi la verdad, y daba realmente igual que el resto del mundo fuera asqueroso, que al salir de allí nadie pudiera asegurarme que no recibiría un tiro en la nuca por no llevar dinero encima. El ser humano había dejado de importarme y me parecía realmente estúpido, cualquier insecto a su lado podía interesarme durante horas, pero no una palabra vacía. Pero ahí estaba ella, pese a los momentos malos que le había dedicado, a las horas en vano, a sus ruegos de que cambiara, pese a todo seguía allí, fue cuando entendí que lo que nos diferencia de otro animal es esa esperanza, esa fe en algún cambio aun teniendo todo en contra. Como si la magia de verdad existiera, respiramos los fracasos reservando aire por si viene la alegría. Y la canción se acabó, y sin esperar que abriera la boca, me fundí en ella, como nos fundimos en aquella noche.
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